INDEX FALLS – SANTIAGO MORILLA

The invisible hand / Por Gómezdelacuesta
(Aqui el PDF en italiano e inglés)


Give me that which I want, and you shall have this which you want.
Adam Smith, The Wealth of Nations, 1776.

Dadnos lo que necesitamos y tendréis lo que anheláis, eso nos dicen, eso nos prometen, pero siempre en el mismo orden, no hay forma de saltárselo, primero nosotros y luego ya veremos. Deberíamos olérnoslo, apesta, suena a promesa incumplida desde el mismo momento en que la pronuncian, suena a burdo chantaje, a trampa ruin, a timo de la estampita, a tocomocho, suena a sexo del malo, a jugar con nuestras expectativas y frustrarlas, a aprovecharse de nuestro egoísmo y de nuestras ambiciones, pero también de nuestra bondad y de nuestros afectos. Algunos intuyen que les van a engañar pero todos seguimos comprando, seguimos dándolo todo sin apenas esperar nada a cambio, y lo que llega es esa nada, o algo peor, mucho peor. La culpa es nuestra, somos cómodos, insolidarios y facilones, por eso nos la siguen metiendo, por eso y porque el capital nunca habla claro, porque miente por boca de su vocero, por la boca de ese libre mercado que le hace de esbirro, de matón, de mercenario.

Un mercado libre que de libre no tiene nada, una mano invisible e impoluta que todo lo regula, Adam Smith también nos la coló, les dio la excusa perfecta, se inventó una teoría para arreglar cualquier desastre, una mano invisible que deja las cosas en su sitio, sin director, sin dueño, en fin, verlo para creerlo, y nosotros, sin verlo, vamos y nos lo creemos. La realidad es que el mercado lo dictan siempre los mismos, los mismos perros que ni siquiera hacen el esfuerzo de cambiar sus collares, nuestra memoria de pez se lo permite, justo después de ser apaleados ya lo hemos olvidado, ni siquiera las heridas, todavía presentes, nos hacen recordar lo que acaba de pasar, somos pececillos, hijos de pececillos, que caen en la red una y otra vez, como ahora, como siempre. Ellos sólo tienen que extender la malla, izarla y hacer caja. Mientras, desde arriba, la mano invisible cierra el puño y levanta un dedo, el dedo corazón.

Y esa red, como buen artefacto de pesca, no para de bajar y de subir, cargada de unos beneficios que sólo aprovechan ellos, los de arriba. Su ciclo es constante, eficaz y demoledor, no hay más que ver los gráficos, los balances de las oligarquías financieras, de los monopolios industriales… Sus líneas de cotización en bolsa son los dientes de una sierra que va amputando ilusiones, esperanzas y vidas: subimos pensando que podemos y cuando ganamos altura, cuando empezamos a confiarnos con la expectativa inminente de ser felices, la misma mano invisible que nos aupó nos deja caer hasta los infiernos. Una caída libre que también tiene poco de libre, siempre caes hacia abajo, en línea recta y a una velocidad que la gravedad va acelerando sin solución de continuidad, el golpe suele ser fuerte, muy fuerte, como el de las figuras humanas que proyecta Santiago Morilla sobre estas canteras de mármol en Carrara, una piedra bella y dura contra la que romper nuestros huesos, contra la que partirnos el cráneo, sobre la que esparcir nuestros sesos.

Y es que la lucha diaria comparece aprisionada en la estricta pirámide que nos marca esta sociedad desquiciante y alienada, una figura geométrica de base amplia y vértice exclusivo, único, puntual, un espacio cenital reservado para unos pocos que nos miran desde las alturas, sin descender al lodo, una visión privilegiada para los coreógrafos que marcan las contorsiones inauditas a las que estamos sometidos para apenas malvivir, para apenas respirar y no morir ahogados en este férreo triángulo económico que nos estrangula, en esta cárcel contemporánea de formas clásicas que nos oprime, en esta prisión que pone a prueba nuestra elasticidad para tratar de llevarnos a nuestro punto de fractura. Este peculiar frontón contiene los cuerpos retorcidos de todos nosotros, deformados hasta la aberración, hasta una postura tan forzada que es casi incompatible con la vida humana. Santiago Morilla recoge esta cruel iconografía de un nuevo poder -que en realidad es el mismo de siempre- y trata de abrirnos los ojos, de hacérnoslo evidente, trata de que entendamos dónde estamos y lo que nos están haciendo, para que, todos juntos, unamos fuerzas y empujemos, para que rompamos el marco que nos encierra en lugar de machacar nuestros huesos. Y después del destrozo, después de la ruina del enésimo imperio, vendrá Lord Elgin de nuevo -que seguirá sin ser un caballero- y recogerá los restos, y con ellos hará un museo, y nos volverá cobrar entrada por ver lo que era nuestro.

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